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Médico UV busca crear esófago artificial para salvar a niños con malformaciones congénitas

Gracias a una beca Conicyt de cuatro años para cursar un doctorado en el Francis Crick Institute de Londres, el principal centro europeo en investigaciones biomédicas, el médico pediatra y académico de la Escuela de Medicina de la Universidad de Valparaíso Matías Garrido trabaja actualmente en el desarrollo de un esófago artificial para salvar la vida a niños con malformaciones congénitas.

El profesor de Embriología Humana e investigador del Centro de Investigaciones Biomédicas UV arribó hace dos meses a esa prestigiosa institución, la cual alberga a más de mil científicos y colaboradores permanentes -entre ellos a varios Premios Nobel- considerados las mentes más brillantes del mundo en la actualidad.

Allí Garrido está trabajando en el área de la salud infantil, específicamente en los campos de la ingeniería tisular, medicina regenerativa y células madre, con miras a desarrollar órganos artificiales que puedan ayudar al ser humano, y especialmente a los niños, a superar ciertas enfermedades hoy consideradas mortales o altamente invalidantes.

La mejor opción

A la fecha, la ciencia y la medicina no disponen de alternativas de tejidos funcionales para la mayoría de los pacientes afectados por ese tipo de enfermedades, como lo es -por ejemplo- la atresia de esófago, mal que se caracteriza por una fístula traqueoesofágica o comunicación anómala entre la vía respiratoria y la digestiva. De ser una condición 100% mortal, gracias a los avances en la técnica quirúrgica, el desarrollo de la anestesia pediátrica y los cuidados neonatales se ha pasado a tener resultados muy favorables, convirtiéndose en el paradigma de la cirugía neonatal. Sin embargo, hay un 10% de casos que hoy no tienen solución.

Al respecto, Matías Garrido explica que hay varias opciones que podrían considerarse para tratar este mal: la primera es una prótesis, pero el problema es que los niños crecen demasiado rápido, por lo cual tendrían que cambiarla cada uno o dos meses.

La segunda opción podría ser usar otros tejidos del cuerpo para reemplazar el órgano dañado, pero ello genera muchas secuelas a largo plazo. Lo mismo que la tercera opción: un trasplante de esófago.

Entonces, la mejor opción para estos casos -y la más ambiciosa- es construir un esófago artificial usando células del mismo paciente, lo cual disminuye enormemente las posibilidades de que se produzca rechazo al órgano nuevo.

“Se hacen crecer las células madre en el laboratorio, se expanden y después se siembran en una matriz que puede ser artificial, sintética o biológica. Esa matriz vendría siendo el andamiaje para construir un nuevo órgano que después se implantará de vuelta en el paciente”, explica el investigador de la Escuela de Medicina de la UV.

En las grandes ligas

En esta opción está trabajando directamente Matías Garrido, como parte de un equipo que busca crear un esófago artificial a través de la descelularización de un órgano donante que luego fue sembrado con las células apropiadas.

“Ahora mi trabajo se enfoca en replicar esta estrategia en animales mayores, estando a cargo de las células epiteliales de la mucosa que revisten el esófago y de su posterior cirugía de implantación y seguimiento. Los desafíos son muchos, puesto que el esófago si bien es un órgano de paso, no es tan simple como uno tendría a pensar. Sus células derivan de las tres capas embrionarias, y en especial las células epiteliales son difíciles de mantener en el laboratorio. Adicionalmente se debe lidiar con otros problemas que aún no han sido resueltos del todo, como la regeneración del sistema nervioso entérico y contar con adecuada vascularización para el injerto. Pero esa es la idea, seguir investigando para que podamos cambiar la forma en cómo tratamos a nuestros niños. Acá estoy en el lugar y momento indicado. Es como estar jugando una final en el mejor equipo del mundo”, comentó el investigador de la UV desde Londres.

Escuela de Medicina
Universidad de Valparaíso